Diciembre 2003

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Ciencia Ficción Peruana en Velero 25.
Creada: Julio 2003
Actualizada: Agosto 2004
Derechos Reservados: Ediciones Quinx
©
Quinx 2003
Lima - Perú 200
4
 
BitImagen: Chichoni

Gracias a Fierro, esa inolvidable revista de comics, conocí los primeros dibujos de Chichoni potentes, impactantes y tan creativos que abrían universos insospechados, densos en ramificaciones, en bifurcadas pautas sustentadas por mecanismos de funcionamiento probablemente exóticos pero nutridos por una lógica interna que presentíamos implacable. La persistencia de Columba, Skorpio, Ediciones de la Flor, Ediciones de La Urraca y otras iniciativas permitía y alentaba la aparición de maduros artistas como Nine, Solano, López, Altuna, Fontanarrosa, Trillo, Grondona White, los Breccia, Tabaré, algunos llegaban interpretando los códigos de la ciencia-ficción de una manera tal que ya nunca abandonarían nuestro recuerdo, y como no Chichoni, artista insigne capaz de resonar armónicamente con los temas de la CF... y era argentino, latinoamericano, más cercano a nuestros sueños e ilusiones.
Su obra me sedujo inmediatamente, cada dibujo era como una pesadilla muy consciente impregnada de un surrealismo sabroso, teñido de un barroquismo exquisitamente concebido que ya querrían para si muchos diseñadores de escenarios hollywoodienses, afincado en un fértil onirismo concatenado a explosiones de significado múltiples; y sin embargo en medio de la detallada planificación el delirio destellaba.
La capacidad para sugerir más allá del campo del dibujo anonadaba, casi como si fuese un momento, segmento o vislumbre de un mundo vasto y colosal que esperaba por ser explorado y narrado. Y esa mixtura entre metales vivientes erosionados por el uso y el óxido, rocas vibrantes, maderas turbadoras, ayuntamientos carnales increíbles, sistemas informáticos a lo Monthy Pitón (evocando a Brazil de Terry Gillian) y belleza femenina desaforada sacudían emoción y sentimiento.

El que presentamos en Bitimagen es típico, el misterio está servido y viene envuelto en tantas capas que implica manipulación genética, alquimia, conquista de los espacios interiores de un planeta, dilatadas estancias subterráneas, maquinarias con regusto a medias gótico, a medias steampunk, y mucha acción y sensualidad: expresada en esa briosa arrancada (los enchufes y cables aún oscilan en el humo celeste) de las motos (la única que captamos completa de tan perfecta deslumbra con sus biocomponentes) y en esos diablángeles sicalípticos que intercambian gestos obscenos mientras se incrustan entre las posaderas de las conductoras.
El corte en diagonal y los números de los boxes dobles: 1317 y 1318, nos empujan a suponer que la línea de inicio se extiende por kilómetros y la masa de participantes se cifra en decenas de miles, que lo que muestra es un breve destello, quizás un ritual competitivo semejante a un acto religioso, de una sociedad compleja y dinámica, y empezamos a deducir y expandimos los límites de la imaginación al compás de los detalles: metal orgánico organizado en jerarquías, semivivo inmóvil, asociado móvil, vinculación estrecha de los procesos productivos y los procesos vitales, a tal punto que se confunden el músculo y la máquina, sin transiciones explicativas pero si sensibles (obsérvese la canaleta oxidada por donde gotea desde el pene de los biorobots que dan la orden de partida, los ácidos y líquidos de su metabolismo especial).
Y finalmente, la cereza del postre: las cuatro mujeres perceptibles, clones grises y hermosas con seguridad de mente abierta, dispuestas a gozar ya sea con la velocidad y/o el sexo, ávidas y atentas, reclinadas sobre los cojines ergonómicos de sus bikes, apoyando sus botas de tacones de aguja en los soportes traseros y sus manos en los manubrios, con la mirada puntiaguda y los haces musculares tensos que empiezan a brillar con la pátina del sudor, pero eso si conservando la suave redondez del placer transparentándose en su silueta.

© Luís Bolaños30-11-03


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